A lo largo de su historia el hombre ha forjado en su interior ideas-modelo, paradigmas, utopías que alumbran su camino por la vida. A veces su capacidad de soñar contagia a otros y su utopía se extiende por el mundo conformando un sueño colectivo que cual faro de luz, inspira y guía. Cuando esto sucede, resulta inevitable que su idea se extienda hacia el futuro de generación en generación, y su sueño entonces, guíe pueblos a través del tiempo, y aglutine en su derredor el espíritu de una época.
Y sin embargo, nunca nadie llegó a Shan-gri-lá, a la ciudad que imaginó Platón o a la Utopía de Tomás Moro.
Pero soñar, esa bella capacidad, sigue siendo el rasgo distintivo de nuestra especie. Y hoy soñamos que es posible la justicia, como base de la paz; la paz, como base del trabajo; el trabajo, como base de la prosperidad, y que ésta, en el marco de la libertad, es capaz de reiniciar el ciclo. Mas, a nuestro pesar, la libertad sigue siendo un juego que no conseguimos dominar, y la prosperidad no llega a todos, y millones huyen hacia otro país en busca de trabajo, y los andamios de la paz, a veces, crujen, porque seguimos extrañando ese toque pacificador de la justicia.
Y entonces, a uno se le antoja pensar si desde Platón, pasando por Tomás Moro, hasta mi hijo, ha valido la pena soñar. Me lo pregunto mientras trabajo para ganar el pan familiar, acosado por la rapiña de los banqueros y el cinismo de los políticos; me lo pregunto ahora, mientras tomo este café, rodeado de un mundo más adecuado para la compraventa que para vivir y crecer en paz: ¿Para qué sirven las utopías?
Y siento que la angustia se me acomoda en el cuerpo. Pero en el último instante, cuando los colores de la tarde comenzaban a sintetizarse en gris, leo en mis propias palabras la metáfora salvadora.
Como la línea del horizonte se aleja cada vez más cuando caminamos hacia ella, las utopías son inalcanzables, pero nos impulsan a caminar.