Porque basta el vino tinto,
un pequeño hamster,
Ulises y su coctelera de semillas,
por supuesto, Los Transformers
y nuestra cocina dibujada
de cristales, nueces y cereales.
O el rock, la salsa, los boleros
para cantar hasta la mañana siguiente,
aunque la mañana siguiente nos devuelva
a las calles como los hijos más pequeños de nadie.
Y abrazarnos para ver
como poco a poco la puesta de sol
nos vuelve gigantes,
porque no es la luz sino el agua
lo que hace que siempre
busquemos nuestras manos:
burbujas de jabón que comparten
exilio y placenta.