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sábado 24 de septiembre del 2005
sirenasYondinas
Nadia Villafuerte     / 

Crash


Recién vi Crash (Alto impacto). Al principio se anunciaba como la posibilidad de ver algo interesante en inglés. Pero no. Tenía qué caricaturizarse una discusión que siempre pone en temblar las buenas y malas conciencias políticas. Racismo.

Como para la empresa cinematográfica –y en general para todo Norteamérica- nada es gratuito, una debe aprender a desconfiar. Es evidente que EEUU está cada vez más preocupado por un problema que se le ha ido definitivamente del control: la mayor parte de su población en las grandes ciudades (y también en sus orillas) está formada por hispanos, negros, árabes, judíos, asiáticos.

La película se desarrolla en Los Ángeles, California, (Estado, por cierto, gobernado por uno de los mayores xenófobos, Arnold, el terminator, cuyo apellido significa nada menos que “negrero”).

Varias historias se entrecruzan para exponer la violencia a la que se hallan sometidos sus habitantes, violencia sugerida por el color, la posición social y el origen. Un matrimonio gringo (Fresher está jugando como candidato a nosequé, y Bullock se la pasa de esposa neurótica haciéndole feos a su sirvienta mexicana), pero también un policía que abusa de su poder ofendiendo a dos ciudadanos norteamericanos negros, otro poli que detesta lo que hace su compañero pero del mismo modo, mata a otro negro; negros que trabajan en la tv y tienen qué corregir a sus compañeros para que no se les “note” el acento, afganos que tienen changarritos y no entienden del todo los códigos de la vida urbana gringa, como chicanos decentes que hacen su trabajo, chinos que se dedican a traficar con ilegales y delincuentes de los barrios duros de la ciudad.
Lo que parecía un ejercicio estético de estructuras (que todos se relacionen con todos, total, se trata de una película y además, el mundo no es tan grande como uno piensa) resulta un absurdo.

Pero vamos, quizá no importe tanto el esquema formal y visual (que es rescatable) sino la intención, el trazo pobre de los personajes y lo peor, el apenas esbozo de un problema que nada de banal tiene aunque sea ya, a estas alturas, pan nuestro de cada día en los medios y en el discurso político mundial.

Al afgano le roban sus mercancías por no hablar bien el inglés; al chicano están a punto de matarle a su hija porque no entendió los “gritos” del afgano; a un negro lo matan porque iba a sacar de su pantalón un “santo” y el policía, pensando que se trataba de un arma, chin, le disparó; a la negra (antes ultrajada por el policía) la salva de un choque automovilístico el mismo poli que la manoseó sólo por ser negra; el juez negro tiene qué corromperse para que al candidato no le llueva sobre mojado y obtenga votos de negros y latinos; la esposa neurótica, ante un accidente, termina abrazando conmovida a su sirvienta mexicana porque es la única que la apoyó...

Y así las demás historias se van concatenando hasta plantear un casi final en donde “todos se hermanan”, aunque sea por un segundo, sabiendo que dichas historias no cesan, ni cesarán.

De cualquier modo, los poderosos siguen siendo los anglos. Al afgano, a la mexicana, al chino, les corresponden los papeles secundarios, son la talacha del gran país, sobre los que vomitan y nada dicen porque “ellos” les hacen el favor de darles trabajo y una vida distinta.

Nada tan falso como esto. El American way of life está tan estereotipado que sólo muestra su vacío conceptual, lo que YA NO SIGNIFICA.

A EEUU se le olvida que la población latina –y la china, la negra, la árabe, la judía- está ahí y no sólo hace funcionar la economía, sino que está transformando su estructura social de modo inevitable.

En el caso de los hispanos, hasta parece una callada guerra, una silenciosa invasión. Una legítima venganza.

Las fronteras se tensan. No hay gobierno que no se sienta aludido cuando se evidencia este movimiento vertiginoso de quienes ya no desean estar en su tierra porque ahí no hay mayor oportunidad. O porque el enorme mostrador global de productos y consumidores es sencillamente demasiado atractivo y no hay nadie que pueda desistirse a ese dios llamado dinero.

Pero, sin duda, no es esta discusión la que se genera cuando se exhiben películas como Crash. Aquí lo que se pretende es reducir un problema enorme, plantearlo desde una perspectiva lastimosa que termina siendo más racista por visceral. No ofrece un final feliz pero el aura que matiza la mayoría de las historias pretende vendernos la idea de que el racismo es una cuestión de actitud, de hermandad, de tolerancia.

Y conste que no estoy peleada con la solidaridad, con la magia posible de la amistad en el mundo, con el amor (que debe servir para algo más que de fórmulas cinematográficas). Pero a veces, ni la amistad, ni el amor, ni las buenas intenciones son suficientes.

Lo que parecía un inicio inquietante (una voz en off diciendo acertadamente que los seres humanos de la actualidad vamos por las calles con ganas de tener contacto aunque sea violento porque hemos perdido sensibilidad para comunicarnos, para aproximarnos los unos a los otros, para sentirnos como habitantes del mundo), al final se desmorona cuando un american citizen encuentra por accidente una camioneta en la que van acorralados decenas de chinos y hace lo que su buena conciencia gringa le dicta: (usted estaba pensando que iba a deportarlos, ¡pues no!): los lleva hasta el chinatown, los libera y les da algo de dinero para que compren chopsuey.

Libre, en el país de las libertades, uno de los chinos se queda mudo y asombrado ante lo que ven sus ojos: el cristal del aparador (al fin es sólo un cristal) lo separa de pantallas gigantes y aparatos electrónicas que lo seducen y le anuncian ese mundo cinematográfico del sueño americano que está a punto de empezar. Basta con que ponga el play y ¡ya está!


   

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