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martes 15 de marzo del 2005
Por qué no aceptar homenajes*
Marco Aurelio Carballo     / 

No hallarás otra tierra ni otro mar. La ciudad irá en ti siempre. Volverás a las mismas calles, y en los mismos suburbios llegará tu vejez; en la misma casa encanecerás. Constantino Kavafis

Me han asaltado muchas dudas sobre qué procede en cuanto a los homenajes, cuál es la actitud que debiera asumir en lo personal. Un reportero o narrador, habituado a la batalla cotidiana por ser el más grande contador de historias, poco o nada se detiene a reflexionar en ese tema. Quizá porque los cuentos y las novelas no se escriben para hacer que el lector piense. Tampoco llevan mensajes como un cartero los carga en su alforja, o un telegrafista, ellos sí. Menos se reflexiona sobre temas profundos ya que los narradores carecen de capacidad de análisis, con sus excepciones claro.

Tienen intuición y sentimientos y echan mano de ellos en la vida y en el trabajo. No es alarde pero dan en el blanco gracias a esas armas conferidas por la naturaleza, a manera de compensación por la ausencia de la envidiable capacidad de los pensadores. Los expertos acaban de descubrir que el ser humano, incluso los narradores, generan sesenta y cinco mil pensamientos en promedio al día, pero cantidad no es calidad.

Echando mano de la intuición concluí en que un contador de historias apenas merece ningún homenaje. Digo apenas pues a uno, como lector, le dan ganas de homenajear a sus autores preferidos, leyéndolos, como yo procuro rendirles homenaje cada año a Cervantes y a Rulfo.

De viejo leí una opinión de Robert Louis Stevenson, el de la novela ya clásica La isla del tesoro. Según Stevenson el homenaje, la satisfacción para el narrador se recibe al teclear, cuando le permiten escribir sin las interrupciones que pudieran provocar el aborto de un cuento o de la página de una novela. Son otros quienes merecen los homenajes. Por eso experimenté una profunda vergüenza hace pocos años cuando supe que, antes que al doctor Sergio Castellanos, me hicieron un homenaje en mi querida preparatoria. El doctor Sergio Castellanos salva más vidas con sus trasplantes de riñón que yo robustezco almas con las proteínas de la narrativa.

He aceptado los homenajes por tres razones. La primera porque la falsa modestia me infecta el hígado de mazamorra, si pudiera pescar semejante enfermedad en tan delicado órgano para nosotros los bolos. La verdad sea dicha, siento orgullo de que, viniendo de abajo, haya tenido, no el éxito económico, la satisfacción de haber hecho realidad mi sueño de niño, escribir cuentos y novelas. Los ingleses que leí aquí en Tapachula (Stevenson, Dickens) eran, si no ricos, sí escritores que cobraban su pisto en libras esterlinas. La satisfacción de publicar un libro te inyecta sobredosis de felicidad en las pompas, a fin de blindártelas y logres permanecer tecleando mañana, tarde y moda.

La segunda razón es de otro maestro quien sostiene que al tipo rechaza-homenajes lo guía el deseo enfermizo de recibir dos o más y mejores, o también porque, según los pesimistas, ya huele uno a fiambre, a zope muerto, dicho en soconusquense. La tercera razón para aceptarlos es porque se puede rendir homenajes a nuestros maestros.

Cuando Juan Pablo de los Santos me dio la carta del diputado Enrique Orozco González para enterarme de que el consejo directivo de la Expo-Tapachula Internacional decidió que el sector de cultura de la feria llevara mi nombre, por el “amor demostrado a Tapachula y a sus paisanos”, me dije: Eso no tiene chiste. No tiene ningún mérito… Conozco paisanos que trabajan con denuedo para favorecer a la tierruca.

También a desarraigados que, por haber vivido algún episodio siniestro, proclaman que jamás volverán al terruño.

Un paisano me lo dijo de esa manera y quise visualizar en el pasado si yo había vivido un trance aciago para actuar de la misma forma. Ni siquiera el que mi novia de la adolescencia se hubiera casado con su profesor de sexto año de primaria me hizo renegar del terruño, de Barrio Nuevo, mi barrio, y del Tescuiyapa, mi río. Tengo otros resabios de menor y de mayor rango pero pronto vislumbré que esos móviles eran un preciado arsenal del que iba a echar mano para escribir.

Años después de salir de Barrio Nuevo, cuando emergí como batracio de la poza del Tescuiyapa, viví un año en Europa, gracias al oficio reporteril. Ya con el alma completa no soñaba con México y menos con Chiapas. Soñaba con Tapachula. Mis sueños ni siquiera pasaban por el DF. Mis sueños, obsesivos y periódicos, eran situados por el subconsciente en mi verdadero país, la región del Soconusco. Si bien para mí no ha sido ni región ni estado, sino país y, su capital, la ciudad de Tapachula, dignificada por sus habitantes bajo la custodia del volcán Tacaná.

Menciono lo del alma completa porque un periodista español, refugiado en el DF, me dijo que el nativo de América vivía con el alma coja en tanto no visitara la madre patria.

Ahora sé que el nacionalismo y el regionalismo se curan viajando, así como el fascismo leyendo. Completa el alma uno se vuelve ciudadano del mundo.

Después de la carta que me dio Juan Pablo de los Santos díjeme que me dije, debo pensar en por qué razones los escritores no merecen homenajes. Desde luego hablo sólo por mí y por mis alter egos. Debía esforzarme para pensar no importa que, para ello, le propinara de electrochoques al magín con dos o tres descargas de whisky o con medio cartón de cervezas en La Mesa Redonda y, de paso, el fósforo iluminador procesado a partir de un caldazo de camarones, que desde hace medio siglo prepara con sazón inimitable doña Clara de Solares. Buscaría a como diera lugar argumentos contra los homenajes.

Cuando estaba a punto de rendirme, escuché al filólogo Arrigo Cohen. Él imparte en la radio la clase de gramática que yo tomo cada sábado. En ese momento sentí el zarandeo en la sesera. Los homenajes deben hacerse a los muertos, dijo el maestro Arrigo Cohen, porque sólo entonces hay pruebas definitivas de que lo merecen.

Antes de ser reducidos a tizones, a pavesas y a cenizas y nos arrojen a la corriente del Tescuiyapa (hablo por mis alter egos, por mis dos personajes principales, el cándido de Feldespato y el gruñón de Elmer), antes de ser reducidos a tizones y pavesas y cenizas y nos arrojen a la corriente del Tescuiyapa, repito, debemos justificar los merecimientos, la integridad y la coherencia y que nunca, jamás, traicionamos nuestros objetivos. En mi caso escribir bien.

Cuando un burócrata municipal me dijo hace años que él le rendía homenaje sólo a los vivos, porque le solicité uno para un querido amigo recién fallecido, sentí un gran desaliento. Esa es la tercera razón por la cual uno acepta los homenajes. También por los muertos se habla en las fiestas.

Rechazados mi amigo el desaparecido y yo por aquel funcionario, le dije a los colegas Francisco Solares y Gustavo Gonzalí que, si no era el municipio, quizá los periodistas aceptarían homenajear al gran Beto Elorza, al genial Aguacate. Fueron ellos quienes organizaron el homenaje a ese tapachulteco ilustre, muerto sin haber traicionado al terruño ni siquiera al escoger el sitio dónde deseaba morir. Se pretendió escamotear el homenaje a uno de los dos grandes poetas que ha brotado hasta ahora del subsuelo de nuestra tierra feraz, como las palmeras, como las ceibas, como los palos de mango, de caimito y de chicozapote. Como las plantas de café.

Al igual que a Flaubert, yo también le estoy más agradecido a los poetas que a los héroes y a los santos.El otro mejor poeta de Tapachula para el mundo se llama Paco Chanona. Eso es todo. Gracias.

* Texto leído por MAC en la Expo-Tapachula, el 5 de marzo.




   

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