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Seccion: Sirenas y ondinas
Sirenas y ondinas / 

miércoles 04 de julio del 2007
Estesuriana
Nadia Villafuerte     / 

—Tengo un problema, ¿sabes? Estoy enamorada de dos hombres…

Entonces Pepe Arévalo, con un desparpajo cínico y sincero que encendió lo que quizá ya era gasolina dentro pidiendo a gritos un cerillo, dijo:

—Resuélvelo con tres.

Son las palabras que recuerdo —no me culpen— cuando pienso en aquella casa, vieja y solar, oficina de la revista Estesur; una anécdota que sólo a mí podría interesarme pero hoy anoto porque este tipo de inicios (bien lo diría Sarelly Martínez en una clase sobre nota informativa o reportaje) son los que nunca se olvidan.

No voy a hablar ahora de las noches de fiesta (ese lugar tenía “mala fama”, supe una vez, por la bulla de sus amaneceres, ahí donde se perdía el nombre, el anillo de matrimonio, la vergüenza y el brasiere), sino de la nostalgia que hoy me produce el ruido cotidiano de las computadoras, el fax, el teléfono, de repente el silencio y el tecleo veloz de quienes ahí escribíamos mientras (algunos) estudiábamos la universidad.

(Breve paréntesis)

Yo era una preparatoriana sin memoria ni futuro (las dos últimas condiciones son las únicas que conservo) cuando de pronto descubrí que vivía en un engaño: Chiapas, mi lugar de nacimiento, no tenía nada qué ver con la historia leída, ni con los brutales paisajes, ni con su folklor de pacotilla, ni con su turismo barato, ni con su prótesis de modernidad, ni con su cielo sin mácula, ni con sus indios memorables convertidos en personajes de novelas, ni con su apretar de dientes dándonos los buenos días, ni con sus calles limpias, ni con su mestizaje maquillado, ni con el “nosotros” al unísono y a media voz.

Año 1994 —y bien sabemos de lo que estamos hablando, fue el año que inició (o continuó) la diáspora a la que pertenecemos, una revuelta que evidenció un lastre imposible de ocultar: el de la miseria a todas luces, pero también el del odio encarnizado entre culturas, agregada, que más da, la circunstancia de existir en el culo del país.

Luego edificamos el mapa de guerra con sus territorios, sus fronteras y sus cráteres, después guardamos el mapa en el bolsillo y seguimos caminando. Lo cierto es que nos vimos obligados a modificar nuestra percepción de memoria colectiva, en muchas esferas, entre ellas, en la del periodismo.

Poco importa si revolución, revuela o rebeliones —la erre como motor inicial del cambio— han sido escenarios propicios para reafirmar una de las profesiones más apasionantes. Suena cínico pensarlo así, pues, paradójicamente, en alusión a uno de los libros de Kapuscinski, los cínicos no sirven para este oficio. Total que con o sin censura, con o sin corruptela, con o sin ética, al periodista le ha tocado testimoniar la irreversible transformación del reloj del tiempo.

Sucedió en Chiapas.

Si lo menciono es porque, dadas las circunstancias del 94, entré a la universidad para pertenecer (eso lo documenta bien Sarelly Martínez, docente de la Unach pero también investigador que se ha propuesto la difícil tarea de ordenar la historia del periodismo en la entidad) a una generación donde se forjó la “profesionalización” del oficio. La vieja escuela protestó y en algo tenía razón: de cualquier manera, a pesar de la universidad, los periodistas tendríamos qué hacernos en la calle.

Pues bien, para mí y para varios, esta calle, esta cancha de prácticas fue la revista Estesur. Lo que me motivaba era la opción del aprendizaje: podíamos practicar otros géneros escasamente explorados en el periodismo local (el reportaje y la entrevista de semblanza, la reseña de cultura, el ejercicio literario), como temas que nos permitiesen ver a la ciudad (y al estado) en su intimidad y su intemperie, en su manera de ser histórica pero también en su modo de construir su pulso como si fuese un personaje.

Hoy se cumplen trece años de Estesur y el número tampoco deja de ser simbólico. La edad de Lolita, dice Pepe (ese loco nómada entre escritura, vodka y mujeres).

Yo tengo muchas cosas qué agradecerle a todos ellos (disculpen el tono agotado, melancólico, si se quiere “decente” para quienes, por fortuna, me enseñaron también, además de reportear, la liviandad y el descaro): me refiero a Pepe López Arévalo, Héctor Cortés, Sarelly Martínez, José Juan Balcázar, Isaín Mandujano, Enrique García Cuellar, Arcadio Acevedo, Paco Cordero y a la gente que he conocido ahí.

¡Salud, pues!


   

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